La ceguera y la traición
La «ceguera ante la traición» que describió Jennifer Freyd, y lo que hacemos los adultos con lo que sí vemos.
Columna de José Andrés Murillo
«No miraré, pues si miro tendré que creer», dicen que le dijo Cesare Cremonini, prestigioso aristotélico, a su amigo Galileo en 1610, cuando lo invitó a mirar por el telescopio las montañas de la luna. La luna de Aristóteles tenía que ser una esfera perfecta, mil años de cosmología garantizaban teología y orden. Mirar le habría salido carísimo.
Hay cosas que, incluso mirando, no vemos. Las traiciones de las personas más cercanas están entre ellas. Nuestro cerebro prefiere pensar que estamos equivocados antes que aceptar que quien nos cuida nos daña. Jennifer Freyd, psicóloga de la Universidad de Oregón, lo llamó «ceguera ante la traición». Negar parece ser más barato que aceptar la realidad. A cortísimo plazo, y a un enorme costo estructural.
Para Freyd, esa ceguera aparece cuando ni luchar ni huir son posibles, las dos respuestas habituales ante una amenaza. Luchar exige poder y huir exige tener a dónde ir. Un niño o niña que depende del adulto que lo agrede no tiene poder ni donde ir. Entonces el vínculo y el apego, las mejores partes de nosotros, quedan puestos al servicio de la negación: el niño deja de ver para no perder el vínculo del que depende para vivir.
Las investigaciones internacionales son consistentes: cerca del 80 % del abuso sexual infantil es cometido por alguien conocido de la víctima, familiares o personas del círculo de confianza. La mayor parte de estos ocurre en una casa, la de la víctima o la del agresor. La estrategia más usada por el agresor no es la fuerza física, como se pensaba, sino la manipulación, el abuso del vínculo de confianza. Solo un tercio de los adultos que sufrieron abuso en la infancia lo contó siendo niño, y menos de uno de cada cinco casos es denunciado.
Entre el silencio y la denuncia está el entorno, es decir, quienes dudaron, o quienes prefirieron pensar que el niño era exagerado, histérico, que había interpretado mal. También los que escucharon y siguieron como si no hubiera dicho nada. Muchas veces no es la víctima sino el entorno quien niega la realidad, y entonces el daño se vuelve doble: la transgresión, y la negación de lo vivido por parte del entorno, de los profesionales, de la justicia, de la sociedad. Esta negación también es violencia y puede durar mucho tiempo.
El abusador, traidor de la confianza, es experto en negación, trabaja con ella. Freyd describe una secuencia que se repite en la mayoría de los casos que vemos y que llamó DARVO, por sus siglas en inglés. Primero negar. Si la negación no basta, atacar a quien denuncia, hacerla parecer mentirosa, inestable, interesada. Y por último invertir los papeles, para aparecer él como la verdadera víctima de una acusación injusta. Ese movimiento es el más eficaz, porque usa incluso la empatía de la víctima en su contra: quien fue dañado termina preguntándose si no estará dañando.
Dejemos de preguntarnos por qué la víctima no vio, no habló, no denunció a tiempo. Devolvamos la pregunta: qué hacemos los adultos, las familias, los colegios, los tribunales, con lo que sí vemos. Cremonini no cambió la luna negándose a mirarla.
No ver no elimina la realidad. Ver la realidad permite cambiarla, permite comprender los riesgos y las amenazas, y también permite saber en quién confiar lúcidamente.
