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Consecuencias del abuso sexual infantil

El abuso sexual infantil se asocia con más riesgo de problemas de salud mental y física, en las relaciones y en el trabajo, que pueden durar décadas. Ninguna de estas consecuencias es inevitable. El apoyo que recibe el niño, niña o adolescente cuando cuenta lo que vivió es uno de los factores que más protegen.

En síntesis

  • No existe un síndrome del abuso sexual infantil. Cerca de un tercio de los niños, niñas y adolescentes que han sido víctimas no presenta síntomas al ser evaluado, y eso no descarta el abuso (Kendall-Tackett, Williams y Finkelhor, 1993).
  • En la adultez, el abuso sexual en la infancia se asocia con 26 de 28 consecuencias estudiadas, entre ellas depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, consumo de sustancias, trastorno límite de la personalidad y problemas de salud física (Hailes y otros, 2019).
  • El daño es mayor cuando hubo penetración, uso de fuerza, abuso prolongado o cuando quien agredió era una persona cercana.
  • Las reacciones de incredulidad, culpa o control ante la develación se asocian con más daño. El apoyo de la familia y del entorno es el factor protector mejor documentado (Domhardt y otros, 2015).

Las cifras de esta página vienen de metaanálisis, revisiones sistemáticas y estudios que siguieron a las mismas personas durante años. Al final se explica cómo leerlas. Lo que muestran los estudios sobre los programas de prevención está en Prevención.

En la niñez

Una revisión de 45 estudios encontró que los niños, niñas y adolescentes que han sido víctimas presentan más síntomas que quienes no lo han sido. Los más frecuentes son miedos, estrés postraumático, problemas de conducta, conductas sexualizadas y baja autoestima, pero ningún síntoma aparece en la mayoría. Cerca de un tercio no presentaba síntomas y unos dos tercios mejoraron en los 12 a 18 meses siguientes. Los autores advierten que algunos efectos pueden aparecer más tarde (Kendall-Tackett, Williams y Finkelhor, 1993).

Un metaanálisis de 28 estudios con 28.693 participantes de hasta 21 años encontró que el abuso sexual se asocia con el trastorno de estrés postraumático con la misma fuerza en hombres (OR 2,86) y en mujeres (OR 2,38) (Boumpa y otros, 2024). Otro, de 78 estudios con niños, niñas y adolescentes, encontró un daño psicológico de magnitud media, con más trastornos depresivos y de ansiedad, mayor cuando hubo penetración (Amado, Arce y Herraiz, 2015).

Las consecuencias iniciales son emocionales, cognitivas, conductuales, funcionales y de relación. Las relaciones con otras personas están entre las áreas más afectadas, porque el abuso rompe la confianza del niño, niña o adolescente en quienes debían cuidarlo (Pereda, 2009).

En la adolescencia

Entre los distintos tipos de maltrato, el abuso sexual es el que más se asocia con intentos de suicidio en la población joven: OR 3,41, según un metaanálisis de 79 estudios con 337.185 participantes de edad media cercana a los 16 años (Angelakis, Austin y Gooding, 2020). En los estudios que siguieron a las mismas personas en el tiempo, el abuso sexual se asoció con nuevos intentos de suicidio (OR 2,43) (Devries y otros, 2014).

En la adolescencia aparecen también:

  • Autolesiones no suicidas, asociadas al maltrato infantil en general (OR 3,42) (Liu y otros, 2018).
  • Trastornos de la conducta alimentaria de inicio más temprano y más graves, en relación con el maltrato infantil, incluido el sexual (Molendijk y otros, 2017).
  • Embarazo adolescente, con una probabilidad que duplica la de quienes no fueron víctimas (OR 2,21) (Noll, Shenk y Putnam, 2009).
  • Conductas sexuales de riesgo, en mujeres y en hombres (Abajobir y otros, 2017).
  • Abandono escolar, consumo de sustancias y nuevas victimizaciones, observados en niñas y adolescentes seguidas durante 23 años después de un abuso intrafamiliar (Trickett, Noll y Putnam, 2011).

Salud mental en la adultez

La revisión paraguas de Hailes y otros (2019) reunió 19 metaanálisis con 559 estudios y más de cuatro millones de participantes. Las asociaciones psiquiátricas más fuertes fueron con el trastorno de conversión (OR 3,3), el trastorno límite de la personalidad (OR 2,9), la ansiedad (OR 2,7) y la depresión (OR 2,7). Solo las revisiones sobre estrés postraumático, esquizofrenia y consumo de sustancias eran de calidad alta (Hailes y otros, 2019).

Un metaanálisis de 37 estudios encontró asociación con trastornos de ansiedad (OR 3,09), depresión (OR 2,66), trastornos de la conducta alimentaria (OR 2,72), estrés postraumático (OR 2,34) e intentos de suicidio (OR 4,14), más fuerte cuando el abuso fue una violación (Chen y otros, 2010).

Dos estudios que siguieron a personas durante décadas muestran la persistencia del daño:

  • En Nueva Zelanda, una cohorte seguida desde el nacimiento hasta los 30 años encontró que, después de considerar diez factores familiares y sociales, el abuso sexual seguía asociado con depresión, ansiedad, ideación e intentos de suicidio, dependencia del alcohol y de otras drogas y estrés postraumático. El efecto creció con la gravedad del abuso (Fergusson, McLeod y Horwood, 2013).
  • En Australia, de 2.759 niños, niñas y adolescentes con abuso constatado en un examen médico-legal, el 23,3% tuvo contacto con servicios públicos de salud mental en las décadas siguientes, frente al 7,7% de un grupo de comparación (Cutajar y otros, 2010).

El maltrato infantil se asocia además con una depresión más recurrente y persistente y con menor respuesta al tratamiento (Nanni, Uher y Danese, 2012).

El cuerpo y el estrés

El abuso y el maltrato en la infancia cambian la respuesta del organismo al estrés. Los estudios encuentran una respuesta de cortisol más plana ante el estrés social (Bunea, Szentágotai-Tătar y Miu, 2017), más marcadores de inflamación en la adultez (Baumeister y otros, 2016) y cambios en regiones del cerebro que procesan la amenaza y regulan las emociones (Teicher y Samson, 2016). Un estudio con 51 mujeres encontró adelgazamiento de la zona de la corteza que representa la sensibilidad genital en quienes habían sido víctimas de abuso sexual (Heim y otros, 2013). Teicher y Samson leen estos cambios como adaptaciones a un entorno amenazante y los encuentran también en personas que no desarrollan trastornos.

El desgaste acumulado del organismo, llamado carga alostática, es uno de los mecanismos propuestos para explicar la relación entre la adversidad temprana y las enfermedades de la adultez (Danese y McEwen, 2012).

Salud física

Haber sido víctima de abuso sexual se asocia con más diagnósticos de trastornos gastrointestinales funcionales (OR 2,43), dolor pélvico crónico (OR 2,73), convulsiones no epilépticas (OR 2,96) y dolor crónico (OR 2,20), según un metaanálisis de 23 estudios (Paras y otros, 2009). Un metaanálisis de 31 estudios encontró peor salud general y más dolor en adultos que fueron víctimas en la infancia (Irish, Kobayashi y Delahanty, 2010), y otro, que la asociación del abuso infantil con la salud física adulta es de un tamaño comparable a la que tiene con la salud mental (Wegman y Stetler, 2009).

En la cohorte estadounidense de enfermeras Nurses' Health Study II:

  • La relación sexual forzada en la infancia o la adolescencia se asoció con más eventos cardiovasculares tempranos. Buena parte de esa asociación pasaba por factores prevenibles de la adultez (Rich-Edwards y otros, 2012).
  • El riesgo de diabetes tipo 2 creció con la gravedad del abuso sexual y fue 69% mayor con relaciones forzadas repetidas (Rich-Edwards y otros, 2010).

Las niñas y adolescentes víctimas de abuso sexual confirmado tuvieron más obesidad en la adultez temprana, 42% frente a 28% (Noll y otros, 2007), y más trastornos del sueño diez años después de la develación (Noll y otros, 2006).

El estudio de experiencias adversas en la infancia (ACE) mostró que la acumulación de adversidades, entre ellas el abuso sexual, se asocia de forma graduada con las principales causas de muerte en adultos (Felitti y otros, 1998). Dos estudios midieron la mortalidad de quienes fueron víctimas de abuso sexual:

  • En la cohorte británica de 1958, el abuso sexual en la infancia se asoció con muerte prematura en la adultez media, con independencia de otras adversidades (HR 2,64) (Rogers, Power y Pinto Pereira, 2021).
  • En la cohorte australiana de abuso constatado médicamente, la mortalidad antes de los 50 años fue ocho veces la de la población general, con el mayor aumento en las muertes por causas externas (Papalia y otros, 2023). Son casos que llegaron a un examen forense, probablemente más graves que el promedio.

Relaciones y confianza

El abuso lo comete con frecuencia alguien en quien el niño, niña o adolescente confía o de quien depende (Prevalencia y estadísticas). La teoría del trauma de traición propone que ese vínculo agrava el daño (Freyd, 1996); en un estudio con adultos, los traumas cometidos por personas cercanas, de alta traición, se asociaron con más ansiedad, disociación, depresión y enfermedad física, y los de baja traición no agregaron riesgo (Freyd, Klest y Allard, 2005).

En la vida adulta, los estudios encuentran:

La idea de que quienes fueron víctimas repiten el maltrato con sus hijos e hijas tiene poco respaldo. Un metaanálisis de 142 estudios encontró una asociación modesta entre generaciones, que se debilita en los estudios de mejor calidad (Madigan y otros, 2019). En un estudio con 516 madres, las diferencias en la crianza se explicaron por otras experiencias de la infancia y no por el abuso sexual (Zuravin y Fontanella, 1999).

Familia, escuela y comunidad

El abuso afecta también a la familia. La mayoría de las madres cree total o parcialmente al niño, niña o adolescente, aunque muchas viven ambivalencia y un malestar significativo; el apoyo de madres y padres se asocia de manera consistente con una mejor adaptación del hijo o hija (Elliott y Carnes, 2001). Después de la develación, una proporción considerable de madres y padres presenta problemas psicológicos y físicos (Cyr y otros, 2016). Una revisión publicada en Chile constató que la investigación estudia sobre todo a la madre y al niño o niña, y que faltan estudios sobre la familia completa, incluidos hermanos y hermanas (Latorre, 2023).

En la escuela, el maltrato infantil se asocia con repetición de curso, notas más bajas y problemas con los pares (Romano y otros, 2015). En la cohorte de Nueva Zelanda, la asociación entre abuso sexual y menor logro educativo dejó de ser significativa al considerar el contexto familiar y social (Boden, Horwood y Fergusson, 2007); el contexto explica parte de esa relación.

El estigma y las reacciones negativas del entorno se internalizan como vergüenza y autoculpa, y dificultan la recuperación y la búsqueda de ayuda (Kennedy y Prock, 2018).

Cuando el abuso ocurre en una institución

Cuando una escuela, una iglesia u otra institución de confianza no previene el abuso o responde mal ante él, agrega un daño propio, llamado traición institucional (Smith y Freyd, 2014). Una revisión encargada por la Comisión Real de Australia describió daños psicológicos, físicos, sociales, educativos y económicos, que alcanzan a familias y comunidades, y dinámicas institucionales que dificultan la develación y la protección (Blakemore y otros, 2017).

En el abuso cometido por clérigos se suma un daño espiritual. Un estudio con víctimas de España y Chile encontró una salud mental similar a la de otras víctimas, pero un daño mayor a la religiosidad y a la creencia en Dios (Pereda y otros, 2022). En otro estudio, el daño y el crecimiento personal posterior aparecieron juntos en las mismas personas (Sicilia, Barrios y Pereda, 2024).

Trabajo, ingresos y costos

Con una muestra nacional de Estados Unidos y métodos que acotan los efectos causales, el abuso sexual infantil se asoció con menor nivel educativo y peores resultados laborales, en hombres al menos tanto como en mujeres (Henkhaus, 2022). En Quebec, una cohorte vinculada a registros tributarios encontró ingresos menores entre los 33 y los 37 años, con una brecha mayor cuando el abuso fue intrafamiliar o con penetración (Bouchard y otros, 2023).

El costo de por vida de los casos de abuso sexual infantil confirmados en un solo año en Estados Unidos se estimó en 9.300 millones de dólares de 2015, unos 283.000 dólares por cada niña o adolescente víctima. El estudio contó solo los casos confirmados, así que la carga real es mayor (Letourneau y otros, 2018). No hay una estimación publicada para Chile.

Lo que agrava y lo que protege

Las consecuencias son más graves cuando hubo penetración, uso de fuerza, abuso frecuente o prolongado, varios agresores, o cuando quien agredió era cercano al niño, niña o adolescente (Kendall-Tackett, Williams y Finkelhor, 1993; Cutajar y otros, 2010).

La respuesta del entorno a la develación pesa en lo que viene después. Las reacciones de incredulidad, culpa o control se asocian con más síntomas (Ullman, 2003; Dworkin, Brill y Ullman, 2019). La develación es un proceso que se da en el tiempo y en relación con otras personas (Alaggia, Collin-Vézina y Lateef, 2019); lo que dicen los estudios sobre cuánto tarda está en Develación y denuncia.

Entre el 10% y el 53% de quienes fueron víctimas mantiene un funcionamiento normal, según los estudios. Los factores protectores mejor respaldados son el apoyo de la familia y del entorno, la educación, el afrontamiento activo y atribuir la culpa a quien agredió y no a sí mismo (Domhardt y otros, 2015; Marriott, Hamilton-Giachritsis y Harrop, 2014). Dejar de evitar lo ocurrido, liberarse de la autoculpa y contar con un apego seguro tienen un efecto positivo (Cantón-Cortés y Cortés, 2015). En Chile, niños, niñas y adolescentes que terminaron una psicoterapia relataron más bienestar y control sobre su vida (Capella y otros, 2016).

Una encuesta de la Fundación a 641 adultos de la Región Metropolitana encontró que el menor bienestar de quienes fueron víctimas se concentraba en el nivel socioeconómico bajo: allí tenían en promedio 1,11 puntos menos, en una escala de 0 a 10, que quienes no lo fueron. La muestra no es probabilística (Murillo y otros, 2021).

Si te preocupa un niño, niña o adolescente, o si viviste abuso sexual en tu infancia, en Ayuda hay orientación y formas de contactarnos.

Cómo leer estas cifras

La razón de odds (OR) compara la probabilidad de un problema entre quienes fueron víctimas y quienes no. Un OR de 1 indica que no hay diferencia; uno de 2,7 indica una probabilidad bastante mayor, cercana a 2,7 veces cuando el problema es poco frecuente. El HR, que usan los estudios que siguen a las personas en el tiempo, se lee de la misma forma.

Casi todos los estudios muestran asociación. Para acercarse a la causalidad, algunos comparan gemelos en que solo uno fue víctima. Dos de ellos encontraron más trastornos en el gemelo que fue víctima, compatibles con un efecto del abuso (Kendler y otros, 2000; Nelson y otros, 2002), y un tercero no encontró diferencias entre gemelos (Dinwiddie y otros, 2000). Parte del riesgo viene también del ambiente familiar en que ocurre el abuso.

Los registros oficiales y los relatos de adultos sobre su niñez identifican a personas en parte distintas (Baldwin y otros, 2019). En un estudio, el riesgo de problemas de salud mental se concentró en quienes recordaban y relataban la experiencia (Danese y Widom, 2020).

Las cifras describen riesgos en grupos de personas. No predicen lo que le pasará a cada persona que fue víctima. Qué se entiende por abuso sexual infantil en estos estudios se explica en Definiciones.