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Para la Confianza · por un mundo sin abuso
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Capítulo 4 · 10 años por un mundo sin abuso

Formación en confianza: la experiencia educativa en nuestra Fundación

Capítulo 4. La experiencia educativa de la Fundación: alianzas con comunidades educativas, diplomados para profesionales y cursos a instituciones, contados por una directora de jardín infantil, una psicóloga de Gendarmería y un colegio de Osorno.

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El abuso sucede en todo lugar, contexto o situación. Estar alerta a eso es, por lo tanto, una responsabilidad de todos y todas, pero esta no está internalizada en la sociedad, por más de que así queramos que sea. Por este motivo, el trabajo de concientización y capacitación en el tema del abuso, es una tarea que Fundación para la Confianza ha hecho parte de su misión, visibilizando que debemos estar alerta, pero además formando a personas para que puedan no solo entender las dinámicas del abuso, sino ser agentes activos en su identificación, intervención y prevención.

A continuación, presentamos tres testimonios que dan cuenta de distintas instancias en las que la Fundación ha puesto a disposición formas de aprender, crear conciencia y prevenir el abuso en distintos espacios y escenarios.

Las tres instancias de formación del capítulo, cada una con un testimonio.

Alianzas

Los casos de abuso son transversales a los escenarios, lugares, situaciones y personas, y a pesar de que se ha comprobado que el mayor número de abusos sexuales ocurren dentro del hogar, es necesario tener un cuidado mayor en espacios donde exista asimetría de poder, y donde haya un mínimo riesgo de que alguien pueda aprovecharse de ese poder. Por eso es que el programa de prevención y educación de Fundación para la Confianza, contempla como parte de su trabajo el generar alianzas con instituciones para hacer intervenciones y mejorar sus prácticas en relación a los protocolos de acción y de prevención del abuso.

Carolina

Carolina Reyes llevaba tres meses asumida como directora en el Jardín Castorcitos, y ya estaba lidiando con una situación compleja y delicada. Semanas antes de que asumiera el cargo, un supuesto caso de abuso dentro del jardín, por parte de un profesor externo, fue develado. Las alertas se activaron, y de inmediato comenzó un proceso duro, pero necesario.

Jardín Castorcitos, como explica su directora, es una institución del Ministerio de Obras Públicas (MOP), y por lo tanto, cuando se dio a conocer la situación, fue la administración del ministerio la que, rápidamente, sintió la necesidad de contratar ayuda externa, y fue así como empezó la relación con la Fundación.

“Desde un comienzo, cuando ya se decidió iniciar una alianza con la Fundación, fueron muy realistas con lo que estábamos viviendo. En ningún minuto poniendo paños fríos, ni diciéndonos: “tranquilas, oye esto pasa en todas partes”, yo jamás escuché un comentario así, siempre nos decían: “esto es grave, tenemos que apoyarnos””, recuerda Carolina, de las primeras interacciones que tuvo con el equipo de alianzas de Para la Confianza.

En ese entonces, como cuenta, “nos encontrábamos todos un poco perdidos, y la Fundación nos ayudó a ordenarnos. Comenzaron a hacer capacitaciones y charlas a los apoderados del jardín, explicándoles lo que es un abuso sexual, porque en el fondo es algo que uno nunca, en ninguna instancia de su vida, espera encontrarse, pero lamentablemente es algo que está muy cerca. Lo vemos en las noticias a diario, pero claro, a una le gustaría que nunca fuera a pasar, que los niños sufrieran así, pero es un tema real, y así fue como la Fundación lo presentó, como un tema real, un tema tangible, un tema que puede ocurrir en cualquier lugar, incluso dentro de la casa”.

Y cuando recuerda el inicio de esta alianza partió con un objetivo claro: “siempre quisimos que la Fundación, y la alianza, nos apoyara con la mejora de nuestro protocolo de actuación frente a hechos de vulneración de derechos de niños y niñas que, si bien lo teníamos, poseía varias falencias. Empezamos a tener reuniones, primero con mi jefatura, conociendo a la Fundación un poco, y después comenzamos a realizar mesas de trabajo, junto con apoderados y apoderadas y jefaturas del MOP, y representantes de las educadoras y del equipo técnico de mi jardín. Nos dieron lineamientos, además recibieron nuestro protocolo, lo revisaron y nos hicieron un primer informe de las mejoras que debíamos, o que nos sugerían realizar”.

Tener una alianza con la Fundación, como explica, no es que hagan un protocolo y lo presenten, todo lo contrario, “ellos en el fondo nunca te van a decir, ah ya, escribe esto, sino que te van orientando, nos apoyaron un montón todas las veces que yo les mandaba correos, o que les pedía que nos acompañarán a reuniones con los apoderados, estuvieron presentes. En el fondo ellos fueron nuestra compañía, nuestro bastoncito en un periodo crítico y difícil. Yo recuerdo en un momento que me dijeron: “esto va a pasar, y te va a ayudar tanto que no lo vas a poder imaginar, no lo vas a poder dimensionar”, y así ha sido”, recuerda Carolina.

Sin embargo, como explica, no fue para nada un proceso fácil, y durante la creación de este nuevo protocolo, Carolina tuvo varias conversaciones con el equipo de la Fundación, en las que le decía: “yo no sé si voy a ser capaz con esta cuestión, porque no me sentía preparada para enfrentarme a algo así, cosa que no está bien. Yo siento que uno cuando lidera un lugar debiese tener todas las herramientas para poder actuar de la mejor manera. En este caso yo seguí mis instintos, y tenía un documento, actué de acorde a lo que decía el papel, pero también tomé decisiones que fueron bien valoradas, como acompañar y no quedarme sentada en mi escritorio”.

“Yo sabía que siempre tenía que dar la cara. Cuando uno ha actuado bien, tiene que seguir al pie del cañón, pase lo que pase, llorarás en tu casa después, yo lloré mucho, lloraba en mi cama, en la ducha, con mi marido, y boté todo, pero a la vez yo sabía que tenía que ir siempre al jardín, porque no podía dejar solo a mi equipo. Mi vocación es fuerte, y ante todo estoy con mi equipo y con mis niños, yo siento que es una familia enorme y eso también es lo que me llevó a ser fuerte y a volver a consolidar el que soy capaz, y que me la puedo”.

“Uno se cuestiona un montón de cosas, o sea hasta tu mismo trabajo, pero en el fondo cuando comenzamos a trabajar en el protocolo, fue como un renacer, porque ahí yo me di cuenta de que íbamos a crear algo en conjunto con las mamás, con el equipo que formamos, que quizás partió un poco tenso, pero terminamos muy unidas todas. Para mí, siempre en todo orden de cosas lo más importante en mi trabajo son los niños, más que cualquier otra cosa, y por eso nosotros tenemos que ser capaces de conocerlos uno a uno, de visualizarlos, de entenderlos, de también hacerse cómplice un poco de ellos y generar estos lazos de confianza en los que sientan que tú eres una persona en la que pueden confiar 100% y que, si les pasa algo, nadie los va a poner en duda”.

“En un minuto uno lo ve como algo de lo que realmente no va a tener escapatoria, pero la verdad es que fue un aprendizaje muy grande y hoy me siento mucho más capacitada para enfrentar distintas dificultades que pueden venir a raíz de este cargo. Me siento empoderada en mi puesto, y también hubo un cambio de percepción en el MOP, lo cual ha sido maravilloso y se agradece mucho, siento que hay mucha confianza en mí, y yo también confío plenamente en mi trabajo, o sea me siento súper segura de lo que hago, de las decisiones que tomo”.

“Nosotros logramos generar con la Fundación un protocolo que quedara completo, con palabras atingentes, y que fuera un documento que cualquier persona que lo lea, pueda entender, porque esa era una falencia que tenía el anterior. Y finalmente así terminó siendo”.

“Nadie quisiera que un niño pasara por una situación así, ni un niño, ni una niña, ni nadie, pero son cosas que existen y hay que abrir los ojos y entender que no es algo que está tan lejano a la realidad, y que los que tenemos hijos, sobrinos, primos, tenemos que hacernos cargo de nuestros niños, tenemos que estar siempre muy atentos, que no significa meterlos en una burbuja, pero sí tener las antenas muy alertas a los cambios de ellos”.

“Ahora, más que nunca, tengo muy claro que nosotros debemos ser los garantes de derecho de estos niños, cuidarlos, y entregarles toda la seguridad, y si eso significaba trabajar dos o tres meses intensamente en sacar un protocolo, había que hacerlo, y era la prioridad número uno”.

Finalmente, como explica, para ella ojalá que nunca tengan que aplicar el protocolo, obviamente, “pero lo más importante —ahora— es que tenemos que buscar una estrategia para que en el día de mañana los apoderados y funcionarios sepan de qué se trata, para que si en algún momento lo tenemos que aplicar, sepan lo que hay que hacer, y no quede guardado en un cajón. Queremos que, si es que nos vuelve a pasar, le pregunten a quién le pregunten del jardín digan:

“esto es lo que tienen que hacer, rápidamente. Que no haya ninguna duda, que no haya que agarrar el papel y leerlo, sino que fluya, esa es la idea”.

El apoyo, como explica Carolina, que les dio la Fundación, puede definirlo como una “reconstrucción de confianza”, porque “nos dieron las palabras adecuadas, nos dieron también herramientas personales de cómo enfrentar a personas que pueden molestarse y cuya molestia se entiende. O sea, estamos hablando de niños, estamos hablando de papás inseguros, que tenían miedo de lo que estaba pasando, de papás que no sabían si se había actuado bien o no, entonces te lo dicen de mala manera, pero eso no invalida su pensamiento. Yo también tengo un hijo y quizás hubiera reaccionado igual, y ahí viene el aterrizar las cosas y el entender que estos hechos pasan, y que no es algo lejano, y que hay que estar preparados”.

“Siento que el objetivo que tengo yo, y nuestro Jardín, hoy es el mismo que tiene la Fundación; entregar seguridad a niños y niñas, que les entreguemos espacios de confianza, y que nos esforcemos día a día en poder construir esos espacios para ellos y ellas, y ese es el trabajo que ahora, con orgullo, estamos haciendo”.

Diplomados

La formación de agentes activos contra el abuso es una responsabilidad que Fundación para la Confianza ha entendido como urgente, y muy necesaria. Es por eso que, a través de una propuesta creciente de programas, ofrecida a distintos profesionales, se busca capacitar en temáticas que enseñen las dinámicas abusivas, la legislación en casos de abuso sexual, en bienestar socioemocional y, sobre todo, la prevención y temprana detección de abusos.

Macarena

“Bueno, ¿qué les parece si rápidamente nos presentamos?”

Primera clase del diplomado jurídico, 2017

Fue una de las frases que se escuchó en la primera clase del diplomado jurídico de Fundación para la Confianza, en 2017. En la sala, la gran mayoría de asistentes eran abogados y abogadas, cercanos al trabajo con infancia y con víctimas de abuso sexual, lo que hace sentido, claro, pues ese era el público objetivo del curso.

Macarena Martínez, no encajaba con ninguna de estas características. Ella también estaba en la sala, pero venía “del otro lado de la luna”, como lo describe. Macarena es psicóloga y, a diferencia de sus compañeros y compañeras, ella trabaja en gendarmería, con agresores sexuales.

Sí, causó curiosidad, “porque es como que estás trabajando con los malos”, explica Macarena, “pero también yo hacía el énfasis de que en mi trabajo estaba la víctima presente. Por ejemplo, cuando una medida accesoria no se cumple (por ejemplo, una orden de alejamiento), yo como la figura legal de gendarmería tengo un rol protagónico en el que puedo ayudar a proteger a la víctima, con este tipo de ideas yo intentaba explicar al grupo en qué consiste mi trabajo”.

En la institución, tiene la labor de trabajar con infractores de ley primerizos o primerizas, quienes tienen que cumplir penas sustitutivas. Macarena tiene la tarea de hablarles y redactar informes que puedan determinar si la persona podría, o no, cumplir una pena que no sea en la cárcel, y además tiene que monitorear que esas penas, se cumplan.

“Dentro del trabajo que yo hago en gendarmería, está todo muy dividido. Están los que trabajan con agresores y los que trabajan con la víctima, y yo siempre he tratado de, agregar la visión de la víctima, a pesar de que no sea tan común hacerlo.

Los delitos sexuales ocurren en un 70% en el contexto intrafamiliar, y a mí me toca llevar el cumplimiento de condenados que están en libertad, donde muchas veces la víctima es parte del sistema familiar inmediato de este agresor, entonces tener en cuenta a la víctima no es solo una responsabilidad, sino un deber ético”.

Hace 25 años que Macarena comenzó a trabajar en gendarmería. Fue uno de sus primeros trabajos y una opción novedosa, distinta a las cosas que había aprendido en su universidad, o lo que conocía laboralmente.

“Había pocas instituciones, en ese entonces, que fueran de víctimas. No se hablaba, y desde el mundo jurídico la víctima estaba invisibilizada, entonces al poco andar sentí que había trabajo que se podía hacer ahí, vi que había un nicho laboral. No había nada estructurado, no había un formato de informe para el tribunal, no había nada. Yo sabía que lo que tenía que hacer era sugerir, o no, el cumplimiento de una pena en libertad, pero no sabía muy bien como armarlo, y ahí me puse a leer informes y antiguos expedientes, y me di cuenta que ahí estaba la víctima. Era imposible que yo no pusiera acento en la víctima.”

“Finalmente, la opción de sugerir o no la libertad, va de la mano con la posibilidad de reincidencia, y de que la víctima vuelva o no a pasar por lo mismo. Entonces es difícil a veces, para alguien que ve a estas personas completamente separadas, que se entienda la integración que hay en el caso puntual. A mí me han tocado casos que atender de violación hacia niñas de 14 años, en donde ha nacido un hijo, y cuando yo estoy haciendo evaluaciones o haciendo el control de cumplimiento, nace una segunda guagua, y me doy cuenta de que en esa familia no había prohibición de acercamiento, y seguían viviendo juntos”.

“Y yo, por lo tanto, me vi en la obligación ética de formarme y entender más de estas dinámicas”, recuerda Macarena, pues en su formación no estaba ni siquiera la oportunidad de haberlo aprendido: “El primer ramo de psicología jurídica lo tuvo la Universidad de Chile en el año 96 (un par de años después de que ella se titulara), entonces yo no había visto nada de esto en mi carrera”.

En 2016, encontró la oportunidad de hacerlo.

“Ese año, José Andrés Murillo dictó un seminario en la Fundación, y que estaban abiertas a personas que no necesariamente eran profesionales.

No lo dudé y me inscribí. Fue mi regalito personal, porque partía el cuatro de octubre, mi cumpleaños. Cuando llegué, me di cuenta de que era un grupo donde había músicos, víctimas, un chiquillo que estudiaba derecho, personas muy distintas y ahí empecé a conocer la teoría del poder en relación a los abusos sexuales”, recuerda Macarena.

“Esas seis sesiones que tuve, esas seis clases, me cambiaron el concepto que tenía de las dinámicas abusivas, para siempre. Después de eso quedé enganchada, y me inscribí en el diplomado del año siguiente”.

Llegar al diplomado, será algo que nunca olvidará, “porque siento que los otros alumnos pensaron: ‘pero qué hace aquí, si ella trabaja con los malos’, pero la verdad es que no era algo tan ajeno a mí, no era como que me estuviera metiendo a un curso de la NASA así como no sabía nada, no, era algo que manejaba, y vi que eran profesores que estaban trabajando en esas áreas, y eso es algo que yo destaco, porque después de estos diplomados hice un magister, y los profes que tuve ahí eran de la universidad, y muchos manejan la teoría, pero no todos habían trabajado con víctimas. En el diplomado vi a personas que estaban trabajando con infancia, que estaban trabajando con víctimas, entonces si tú hacías una pregunta ellos lo manejaban desde su experiencia”.

No se arrepiente, en lo absoluto, de hacerlo. De hecho, al año siguiente tomó el otro diplomado disponible en la fundación, el de acompañamiento psicosocial.

Es que, como explica, ella cree que le ayudó mucho en términos profesionales, a mejorar las prácticas laborales, y a ayudar a educar y a no perpetuar pensamientos dañinos dentro de sus colegas: “tú escuchas mucho a profesionales de gendarmería muy sesgados, que te dicen, “oye si fue una tocadita no más”, “fue un solo evento”, “bueno el niño se dejó esa vez”, entonces el entender la dinámica, los conceptos, tener claro que hay una teoría, y que estos eventos abusivos no ocurren de la nada, me ayudó mucho a no seguir replicando, y a explicar que hay una preparación de la víctima, un silenciamiento de ella, y una dinámica muy peligrosa”.

“Me ayudó a comprender la forma en cómo se comporta la víctima. También el por qué no hay que presionar un relato, y eso me ha ayudado para defender el que la causa pueda seguir, porque muchos dicen que si no hay un relato, no se puede llevar esa causa, pero en esas situaciones es importante decir que no hay que presionar al niño o niña para que hable, porque todavía no puede verbalizar lo que le pasó. Sin embargo, sí desde el peritaje psicológico tú puedes abordar el daño, y explicar por qué ese niño o niña no puede hablar en ese momento. Para entender todos estos aspectos ha sido fundamental lo que aprendí de los diplomados, y también todo lo que he aprendido en gendarmería. Me ha ayudado a ver el problema como un todo”.

Estas experiencias formativas, también le han ayudado a Macarena a acreditar, pues como explica, una de las primeras cosas que se utiliza para desacreditar un informe es apelar a la formación del profesional que lo hizo. Macarena, sin embargo, al nombrar a la Fundación, como dice entre risas, “no tienen cómo refutarme”.

La responsabilidad que ha sentido, eso sí, no ha sido solo con formarse, sino con formar a otras personas. Por eso, ha puesto a disposición su conocimiento en distintas instancias. Una de las que más destaca, tiene que ver con una experiencia que surgió a raíz de unos consejos de seguridad pública, donde propuso la idea de hacer capacitaciones al profesorado de Municipalidad de La Cruz. Fueron más de 80 docentes los que asistieron, y el éxito fue tal que desde la Gobernación de Quillota han pedido replicarlo: “incluso con todas las personas que trabajan con infancia, auxiliares, veterinarios, secretarias, personas de los consultorios, de Fundación Integra, fue muy positivo”.

“Y ahí obviamente en la presentación aparecen los diplomados. Yo ahí planteo de dónde viene lo que voy a exponer, nombro a Fundación para la Confianza, y explico mi motivación por aprender, y la inmensa responsabilidad ética que, después de entender más el fenómeno, se hace más fuerte y permanente”.

Cursos a instituciones

La educación es clave para varios aspectos: conocer nuevas realidades, mejorar habilidades, y reconocer problemas que, al educarse, pueden repararse. El abuso puede hacerse presente en muchos lugares de la sociedad, pero existen algunos que son —lamentablemente— más propensos a que dinámicas de este tipo ocurran. Los establecimientos educacionales, han sido uno de los lugares donde, frecuentemente, se han develado casos de abuso.

No hay que ser fatalistas, eso sí: no porque exista un colegio/liceo significa que existirá abuso, pero prevenir es siempre una alternativa que más que ideal, es necesaria.

Para prevenir, hay que aprender, educarse y reconocer que aunque no haya pasado, aun así hay que evitar que un abuso ocurra. Justamente esto fue lo que el equipo directivo del Colegio San Mateo1 de Osorno realizó con Fundación para la Confianza, a través de una serie de capacitaciones para sus profesores y funcionarios.

1 Es necesario recordar que, en el pasado, el Colegio San Mateo de Osorno fue un lugar en donde el sacerdote Juan Miguel Leturia cometió abusos en contra de alumnos. Fundación para la Confianza se querelló en contra de la congregación por encubrimiento y ha acompañado a algunos de los sobrevivientes en su búsqueda por verdad, justicia y reparación. Nuestra total solidaridad con ellos. Si bien este testimonio no tiene relación alguna con este caso, es importante aclarar que nuestro compromiso apunta a que los niños y niñas puedan contar con un contexto escolar más sano, seguro y confiable. Es su derecho y nuestra obligación es trabajar en esa dirección.

Juan Roberto

Finales de 2019 fue un periodo especialmente removido para el país. Luego del estallido social de octubre hubo mucho movimiento, y el deseo por una sociedad sin abusos comenzó a ser una frase bastante escuchada. En esos meses, la intervención “Un violador en tu camino” del colectivo “Las Tesis” terminó por convertirse en una bandera de lucha contra la violencia de género, en Chile y en los cientos de países donde fue recreada.

El periodo posterior a esta intervención, fue muy particular, y estuvo marcado por una masiva aparición de “funas”, una forma de denuncia hecha la mayoría de las veces en redes sociales, en gran medida por mujeres en contra de personas que habían abusado de ellas, y que si bien no son nuevas, si ocurrió un aumento importante en el número de éstas, y la forma en cómo se realizaban —en su mayoría en Instagram— hizo propicio el escenario para que algunas fueran hechas por adolescentes o jóvenes.

El fenómeno, que comenzó a darse semanas después de la aparición de “Las Tesis”, es difícilmente cuantificable, pues ocurrió en su mayoría en redes sociales, no solo en una en particular, muchas veces en perfiles anónimos, y muchos privados. Sin embargo, existe una percepción fuerte de que, lo que se vivió de noviembre a enero, fue algo que nunca antes habíamos experimentado en las redes.

“¿Qué estaba pasando? ¿Por qué hay tantos casos? ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos ayudar?” Fueron algunas de las preguntas que surgieron dentro del Colegio San Mateo de Osorno, después de algunas “funas” que entre el alumnado del colegio se empezaron a realizar.

“Nos dimos cuenta de que teníamos que ver qué estaba pasando en las relaciones de los alumnos y alumnas, en el ámbito afectivo sexual de nuestros estudiantes, y quedó en evidencia un fenómeno que nos hablaba de relaciones tóxicas abusivas. Ahí fue cuando dijimos: “necesitamos formarnos en esto, necesitamos hacer algo””, recuerda Juan Roberto Rantul, director de formación y pastoral del Colegio San Mateo, sobre el momento en que necesitó a la Fundación.

Pensó en Fundación para la Confianza. Años atrás había surgido una inquietud por abordar los casos de abusos sexuales, no por algún caso en particular, sino por el contexto en que Osorno se encuentra, hace ya un tiempo.

Desde 2015, la ciudad ha sido epicentro de una lucha constante de feligreses en contra del obispo del lugar, Juan Barros, acusado de encubrir los abusos de Karadima, años antes. Esto, sumado a casos de abuso que comenzaron a conocerse dentro de los jesuitas (congregación de la cual es parte el colegio), despertaron el interés por formarse, y prepararse ante cualquier situación.

“El actual provincial de la Compañía de Jesús, a propósito de todos los temas de los abusos de menores de edad, estaba buscando una formación más completa para nuestros funcionarios, especialmente nuestros profesores, y ahí nos dijo que él tenía algún vínculo con Juan Carlos Cruz, y él hizo el primer contacto”, recuerda Roberto.

Como explica, previamente en el colegio se hacía un taller a cargo de la persona encargada del área de abusos, era muy general y conceptual, bastante teórico, “no logramos generar cambios, entonces necesitábamos a alguien que entendiera realmente esta problemática, y que nos generara a nosotros como comunidad un cambio real”.

Sin embargo, pasaron los años y el tema no se habló mucho más. A finales del año pasado, pidió un poco más de antecedentes sobre lo que la Fundación estaba haciendo a nivel educacional y ahí fue cuando se dio cuenta de que estaban abriendo una puerta en el ámbito educativo y, en su opinión, era algo que podría llegar a ayudarles.

Así, después de investigar y encontrar el contacto necesario, la relación comenzó. Se estableció un programa, y se agendó la primera actividad.

“Nuestro primer encuentro tenía que ver con conocer el fenómeno del abuso sexual infantil: ¿qué era? ¿de qué se trataba? ¿cuáles eran sus alcances?, eran algunas preguntas que pudimos responder. Además, nos dieron datos estadísticos a nivel nacional, a nivel escolar, información que la Fundación tenía y manejaba muy bien. También vimos las causas, las consecuencias, cuáles son los fundamentos éticos y valóricos para hacer una acción preventiva o para una intervención de apoyo en caso de un abuso y cómo una comunidad escolar tiene que actuar frente a este tema, cuál sería su forma, su metodología de acción”, como recuerda, fue una sesión completa, compleja, y que como comunidad educativa les hizo mucho sentido.

En esta instancia, además, trabajaron las funas, qué hacer, y cómo “no meter las patas”, como lo explica Roberto. “Era algo, relativamente, muy nuevo para nosotros, y si bien nunca lo compartimos, sí necesitábamos entenderlo para poder ayudar a quienes estuvieran involucrados”.

Desde un primer momento, además, cuenta que fue una instancia muy valorada por la comunidad. Que recuerde, nunca habían tenido una “capacitación”, que fuera contada de manera tan “real”, sin adornos ni paños fríos, sino que fue una dosis de realidad que, si bien dura, terminó siendo muy necesaria.

“Generó un impacto positivo de toma de conciencia y de ahí fuimos sacando varios tabúes, sobre todo porque existía un miedo por tocar estos temas, porque se pensaba erróneamente que solo se debía hablar cuando pasa, y no también para prevenir”, recuerda Juan Roberto.

“A nosotros los formadores o los profesores, nos da miedo abordar este tipo de temática, es una pregunta incómoda que puede hacer un niño o un papá o una mamá, entonces con este taller, lo que hicimos fue ir perdiendo el miedo, generando una buena capacitación básica conceptual, y también una capacitación básica de cómo proceder. Este taller nos ayudó mucho en el empeño que nosotros teníamos de mejorar nuestros protocolos de acción”, explica.

En ese momento fueron haciendo un trabajo colaborativo a través de muchos mails, muchas conversaciones, en donde se estaba pensando en un programa común, que respondiera a las necesidades del colegio, pero que además avanzara en los objetivos de la Fundación por generar espacios seguros para niños, niñas y adolescentes. Dicho programa, fue presentado al equipo de prevención de abusos del colegio y también al equipo directivo, y finalmente en marzo de este año 2020 lo llevaron a cabo.

La pandemia, si bien no llegó a cambiar el objetivo principal del programa, si sumó modificaciones y adiciones, principalmente en el apoyo para profesores, pues la carga laboral —y emocional— aumentó. “Ahí decidimos que el programa incluyera entregarles a los profesores herramientas y elementos, para que, de esta manera, tengan recursos a los cuales puedan recurrir cuando se sientan sobrepasados, cuando tengan que ordenarse, o lo que vaya surgiendo”.

Con el programa ya actualizado, se agendaron dos encuentros más, uno a nivel exploratorio y otro a nivel de intervención de trabajo grupal a través de Zoom, de manera de que pudieran atender la situación de desgaste emocional que se estaba provocando en los funcionarios y funcionarias del colegio, ya sea por el encierro, por el estrés, las angustias y el estado de tensión permanente, había que responder a esta problemática, para poder estar bien y “así proyectar este bienestar emocional a nuestros chicos y chicas”.

“Y así fuimos perdiendo el miedo y viendo cómo recibir una situación, cómo derivarla, cómo el colegio tiene que llevar esto al marco jurídico y legal y quienes íbamos a ser los responsables. Este primer taller nos aclaró mucho y nos sacó un estrés frente a las situaciones que vivimos como Iglesia local, dentro de la Compañía de Jesús, y sobre la responsabilidad que nos competía como colegio de la compañía frente a este tema”, recuerda Juan Roberto.

Como explica, tenían mucho interés de hacer las cosas bien y no equivocarse, y en eso la Fundación les ayudó mucho, sobre todo a aclarar conceptos, “y eso nos fue orientando en este mundo que nos asustaba”.

Es concreto, además, en identificar claramente los frutos que ha tenido esta corta —pero potente— relación con la Fundación, y así lo comparte:

“Yo veo tres cambios, el primero en la parte de gestión directiva del colegio, porque se empezó a considerar el abuso como un tema que necesita ser abordado con seriedad y que, si bien nosotros tenemos un equipo interno, necesitábamos una mirada más completa y global.

“El segundo, es que ahora tenemos una mayor claridad conceptual y procedimental. Es decir, hoy un asistente de ciclo, o un auxiliar del colegio, es capaz de abordar una situación, si un estudiante le dice algo, o si se llegan a enterar de una situación así, sabe qué hacer. Antes cada uno hacía lo que podía, lo que creía pertinente, quedaba al criterio personal, entonces gracias a este taller creamos criterios básicos de actuación. Fuimos construyendo, debatiendo y eso para mí fue el fruto tan esperado de este taller.

“Lo tercero, fue que nos dejó criterios conceptuales con los cuales nosotros podríamos mejorar todos los procedimientos y protocolos que habíamos tenido hasta el momento, el cómo abordar estas nuevas situaciones y qué debíamos hacer.

  1. Gestión directivaEl abuso pasa a ser un tema que se aborda con seriedad y con una mirada más completa
  2. ClaridadCriterios básicos de actuación: cualquier asistente o auxiliar sabe qué hacer si un estudiante le dice algo
  3. ProtocolosCriterios conceptuales para mejorar los procedimientos y protocolos del colegio
Los tres cambios que identifica el Colegio San Mateo de Osorno tras trabajar con la Fundación.

Y finalmente, “a nivel de los funcionarios y de los equipos que ven las situaciones nos ha hecho muy bien, entonces nosotros queremos seguir aumentando este bien, trabajándolo en conjunto, y construyendo un mundo sin abusos”.

Sobre esta edición. Versión web del libro 10 años por un mundo sin abuso, publicado en PDF por la Fundación para la Confianza en 2021 (primera edición impresa de 500 ejemplares, Ograma Impresores; ISBN 978-956-402-822-4). Director: José Andrés Murillo. Coordinación general: Nicole Del Río. Investigación y redacción: Benjamín Gálvez. Dirección de arte y diseño: Cristhian Sotomayor. Ilustraciones: Jesu Villa y Cristhian Sotomayor. Edición: Natalie Sève. En esta versión se corrigieron erratas y se agregaron gráficos que resumen el contenido; las ilustraciones de las personas que dan testimonio no se reproducen. Las cifras, cargos y referencias legales corresponden a la fecha del libro. Descargar el PDF original