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Para la Confianza · por un mundo sin abuso
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Capítulo 3 · 10 años por un mundo sin abuso

Confiar es acompañar

Capítulo 3. Los Grupos de Ayuda Mutua, el acompañamiento legal, las orientaciones psicológicas y Línea Libre, contados por cuatro personas que pasaron por ellos.

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Una persona que sufrió abuso, en gran parte de los casos, tiende a vivirlo en soledad. El aislamiento se transforma en un factor común. Luego de tomar conciencia del abuso, las víctimas suelen pensar que nadie les creerá o comprenderá, que nadie prestará apoyo. Y quien ha cometido el abuso busca generar esta sensación en la víctima para, así, asegurar su impunidad. Por esta razón el acompañamiento es fundamental en el proceso de sanación, y requiere de un esfuerzo adicional de parte de quien lo ha sufrido.

A continuación presentamos cuatro historias de personas que pudieron romper esa barrera y empezar a acompañarse, en distintas instancias de Fundación para la Confianza.

Las cuatro formas de acompañar que presenta el capítulo, cada una con un testimonio.

Grupos de Ayuda Mutua (GAMU)

Los Grupos de Ayuda Mutua (GAMU) son una instancia de acompañamiento que Fundación para la Confianza ha comenzado a trabajar desde hace varios años. Su dinámica se basa en reunir a grupos de cinco a diez personas, acompañados por monitores profesionales, pueden compartir y reconstruir experiencias, reconociéndose en otros. No es una terapia, pero sí un espacio en el que, víctimas directas o secundarias de abuso, pueden experimentar de forma concreta que no están solas.

Cristóbal

“Acabo de pillar una funa a mi profe de educación física por violación en 2003, el mismo que abusó de mi durante años entre 2006-2008, quizás cuántas víctimas más hay... ¡VAS A CAER!”

Mensaje publicado en Twitter

Fue un mensaje breve, pero poderoso. Con esas palabras Cristóbal Saavedra, hoy de 26 años, compartió en Twitter una acusación hacia la persona que, en su infancia, había abusado de él.

No recuerda mucho dónde estaba, ni qué estaba haciendo, pero sí se acuerda de lo que sintió: “quedé helado, quedé mal. No me lo esperaba, yo pensaba que era uno de los primeros en haber sufrido un abuso de parte de este weon, y fue brígido enterarme de que había mucha más gente, que había otra persona que lo había vivido mucho antes (en otro colegio y más de diez años antes), y fue cuático, muy potente, chocante. Me puse súper nervioso y tuve esta primera reacción de compartir la publicación, compartirlo en mis redes, como que tenía algo en la guata, una ira muy grande”.

Desde 2015, año en que empezó a darse cuenta en su fuero interno de lo que le había ocurrido, Cristóbal no había conversado con alguien más que hubiese pasado por una situación de abuso.

Sentirse solo, sin embargo, no duró para siempre. “Estuve varios años haciéndome el loco. Desde que me di cuenta que lo que me había pasado era un abuso, pensé que realmente no había influido en mi vida, y me dije: ‘filo, para qué pedir ayuda”, recuerda.

“Pasaba el tiempo, varios años, y cada vez empezaba a sentir más asco, remordimiento, culpa, muchas cosas que me hacían estar súper inestable. Comencé a desconfiar harto de la gente, y llegó un momento en que sentí la necesidad de abordarlo, de pedir ayuda al respecto”, cuenta. Ahí fue cuando supo de Fundación para la Confianza.

“El 2018, con la ayuda de un amigo, decidí acercarme a la Fundación. La verdad es que fui sin ninguna expectativa, solo sentía mucha necesidad de hacer algo al respecto”.

Con el mismo amigo que le comentó de la Fundación, se juntaron un día en la tarde, a tomarse un café, fumar un cigarro y conversar. Estaba tranquilo, pero expectante. Caminaron hacia una casa en Manuel Montt, donde estuvo la Fundación por varios años hasta 2019: “tocamos la puerta, y nos recibió una chica, no habíamos pedido cita ni nada, y altiro me preguntaron si estaba buscando a alguien o algo así. Atinamos a decir que veníamos a buscar ayuda o asesoría, que habíamos visto en la página que se podía venir o llamar, pero que habíamos preferido venir”, recuerda Cristóbal.

Luego de explicar que era sobreviviente de abuso, lo hicieron pasar a una sala. Esperó un rato y llegó el abogado de la Fundación, con quien hablaron sobre posibilidades de ayuda, y de lo que podían empezar a hacer. “Me sentí muy apañado, a diferencia de otros lugares donde la gente como que no sabe tratar cuando alguien le presenta temáticas de este tipo. Me sentí muy recibido y comprendido, y en esa misma conversa, fue la primera vez que me contaron de los GAMU”. Cristóbal en principio, no tuvo mucha confianza de lo que le propusieron. Dudó, y le pareció un poco extraño.

Los GAMU (Grupos de Ayuda Mutua) son una instancia de acompañamiento que ofrece Fundación para la Confianza donde, a través de sesiones grupales, víctimas directas o secundarias de abuso pueden acompañarse y trabajar juntas a través de escucha, dinámicas y trabajos en grupo. Todo esto acompañado por personas que moderan, facilitan y que tienen experiencia trabajando con víctimas de abuso o en el área psicológica.

“Antes de que me contaran yo no tenía idea de nada. Me lo imaginé un poco como uno ve en las películas las escenas de alcohólicos anónimos, pero no sabía mucho qué pensar. Al principio dudé un poco. La idea de estar con gente que no conocía, con personas que sentía que me iban a evaluar, me hizo pensar: “¿quiénes son estas personas que me van a decir que estoy bien o mal?”, era toda una desconfianza mía”, recuerda.

“Me pasa que siento que uno tiende a normalizar a las personas, y opera una suerte de poder invisible de lo que tiene que ser normal, como que eso me generaba desconfianza, pero dije filo no más po’, voy, voy a intentarlo”.

No fue fácil al comienzo, eso sí. Como cuenta, la primera vez que participó, se sintió extraño: “cuando llegué me acuerdo que me puse a observar a todos, eran tres personas guiando, dos hombres y una mujer, y dentro de las personas, que en ese momento fuimos como ocho, habíamos personas bastante jóvenes, yo que tenía 23, creo que había un chico que tenía 20, o 21, y también gente mayor, de más de 30 e incluso había un señor que ya estaba jubilado. Eran puras personas que habían vivido abusos cuando chicos, y claro, cada uno con sus historias”.

“Lo primero fue básicamente presentarnos un poco, tratar de entrar en confianza, y si cada uno quería contar un poco su caso podía hacerlo, pero sin ninguna presión. Miré harto los rostros de todos, como para buscar similitudes en las cosas que hacían o contaban. Algunos habían sido abusados por mucho tiempo, como me pasó a mí, otros una pura vez. Fue brígido haber conocido gente que, a pesar de eso, hizo una familia, que ya había hecho su vida. Había tres personas que recuerdo que tenían hijos”.

Después de esa primera vez, no faltó a ninguna sesión. Algunas de las personas que estuvieron en esa ocasión no fueron nunca más, pero Cristóbal siguió yendo, y por cuatro meses, se fue ayudando junto a otros. Para él, este lugar se volvió sagrado.

“Me daba esta sensación de estar en un espacio seguro, con personas que de alguna u otra forma habían vivido algo similar a mí, que podían entenderme. Yo podía de repente contar ciertos miedos y había gente que también los compartía y eran los mismos que tenía yo. Miedo a repetir la historia, miedo a relacionarse con la gente, fueron esas cosas las que me motivaron a seguir yendo, como que todavía era un lugar en el que estabas un rato, y podías ir y no decir nada, simplemente estar, y eso ya era suficiente”.

Los GAMU, como explica Cristóbal, “nunca me lo plantearon como una terapia, porque los monitores no eran terapeutas. Era un espacio complementario a la terapia con un psicólogo, al que empecé a ir de forma paralela, y también gracias a la Fundación, pero estos grupos te dan muchas herramientas para entender que de alguna u otra forma no estás solo”.

Y desde entonces, se fue dando cuenta de que estos espacios empezaron a darle un apoyo que, hasta ese momento, no había podido conseguir. “Te sirve mucho el conocer la historia de otras personas para darte cuenta de que la culpa no la tiene uno. También considero que son temas que tienen que dejar de ser tabú, y es fundamental que lo empecemos a hablar, sobre todo primero entre personas que lo hemos vivido. Entonces, si bien no es terapia, sí siento que es una herramienta que puede ayudar a sanar a las personas. A mí me ayudó harto a sanar”.

“Me empecé a sentir más tranquilo de hablarlo, y mucho más capacitado de conversar el tema, de abordarlo. A medida que iba a los GAMU también me empecé a abrir más con la psicóloga, como que fue bacán”.

Hasta ese punto, si bien Cristóbal empezó a abrir su caso de manera personal, de forma judicial aún no generaba acciones. Tenía que estar bien, y con las herramientas necesarias para enfrentar un proceso de ese tipo. Finalmente, comenzó a hacerlo ayudado por Arturo Greene, un abogado de la Fundación.

Durante 2019 tuvo que ir a declarar a la fiscalía y, frente a un juez, contar lo que le había pasado. Como recuerda, fue uno de los momentos más duros, pero liberadores. Después de eso “me resté un poco, dije: ya, declaré, la justicia tendrá que hacer su parte”.

Siguió su vida, se enfocó intensamente en su carrera como fotógrafo, en sacar fotos, publicarlas y tratar de hacer su vida dedicándose a ellas.

A principios de 2020 los hechos relacionados con su caso empezaron a avanzar mucho más rápido de lo que pensó. Se contactó con otras víctimas de su abusador, que sufrieron abusos en su colegio un par de años antes, y también después que él. Unos aceptaron, y se pusieron en contacto con la Fundación, pero a otros les costó más: “un día uno de los chicos me llamó para pedirme perdón por haberme dejado tirado, porque un par de semanas antes me dejó de contestar, pero igual lo entiendo si no es fácil abordarlo”.

Todo este tema explotó a través de las redes sociales en abril. “Una persona funó por Instagram al tipo que me había abusado. Fue la media funa, por cosas que habían pasado antes en otro colegio, antes que a mí, y estalló con cuática, se hizo súper viral. Me llegó y lo publiqué en Twitter, también reventó por ahí”.

“Cuando leí la funa, aparte de la rabia, pena y dolor que tuve, sentí que conocía a esta persona, pero claramente no era así. Al día siguiente nos llamamos, y hablamos mucho rato. Sentíamos como una cercanía brígida al respecto, y ahí le conté que me estaba querellando. Tiré el tuit y salió mucha más gente a decirme que también había vivido algo así. Fue un alivio igual, sentir que no estás solo, hasta cierto punto también me había cuestionado lo que me había pasado, o lo que estaba haciendo. Como que decía ‘pa qué’, a veces ni yo mismo me creía lo que me había pasado, y después de esto fue como: ‘weón, es verdad, nadie puede decirme que no”.

A propósito de la funa, las personas que acusaron al abusador de Cristóbal, pasaron de ser solo una, a nueve.

“Con los chicos con los que nos estamos querellando hicimos un grupo en Whatsapp, y yo tuve la idea de juntarnos, de hacer como una especie de GAMU pero solo de este caso. Haberlo hecho antes obvio que me sirvió para poder armar este grupo, y nos ayudó mucho, porque éramos muchas personas y porque, si bien el cabro que hizo la funa no lo hizo con otra intención aparte de descargarse, generó que mucha gente reviviera este caso en sus vidas, y ellos estaban pa’ la cagá”.

“A raíz de eso. salió gente que le pasó lo mismo en el 97. Diez años antes que yo, ya habían vivido abuso de este weón, entonces la weá fue cuática, y pudimos hacer un espacio de contención, de apañe, que no fuera como solo ir a hablar del tema, sino que fuera un lugar donde podías estar tranquilo, hablar si es que lo necesitabas. Hace poco nos juntamos, hicimos una junta por Zoom y fue bacán, estuvimos como tres horas, hablando harto rato del tema, pero después nos pusimos a hablar de otras cosas, estuvo bueno, así que sipo, me ayudó haber ido al GAMU, no sé si se me hubiese ocurrido la idea de juntarnos todos si es que no hubiese tenido esta experiencia previa”.

En la actualidad, como cuenta, no hablan mucho por ese grupo, “pero cuando hay que hablar del tema, lo hacemos. A un chico le tocó declarar virtualmente en la fiscalía, y ahí estábamos todos dándole apoyo, ánimo y después habló y dijo que se había sentido muy aliviado luego de hablar. Fue bacán, cachai, sobre todo viéndolo yo, que a mí me tocó de cierta forma vivirlo más solo, igual con mis amigos, familia y la Fundación, pero creo que es bacán que haya un grupo de personas que estamos todos en la misma buscando justicia, y hasta abril de este año estaba yo solo, entonces igual sí, ha sido cuático”

Iniciar un proceso legal, criminal, no es algo con que todas las personas están familiarizadas, o se vean en la necesidad de hacer. Es normal que, enfrentados a una situación así, no conozcamos cómo funcionan las instituciones, o no sepamos lo que significan algunas terminologías comunes para quienes trabajan en justicia.

Para quienes han sido víctimas de abuso sexual, que es un delito, iniciar un proceso legal puede ser parte de su camino de sanación, de reparación. Por esta razón, por la necesidad y complejidad que constituye algo así, es que Fundación para la Confianza diseñó un modelo destinado a orientar, guiar y acompañar a personas que hayan iniciado o quieran empezar a llevar un proceso legal. Este modelo se compone de un equipo de abogados y profesionales quienes ayudan a orientar a las personas a la mejor opción para acompañar su proceso de reparación.

Cecilia*

* Los nombres de este testimonio fueron modificados para proteger a las personas involucradas.

Hay muchas formas en las que el ADN, y la estructura del cromosoma, expresa su información al exterior; a través del color de nuestros ojos; de nuestro pelo; de algunas actitudes; formas de actuar; o formas de relacionarnos con el mundo. Algunos, eso sí, nunca se enteran en detalle de su información genética, pero para otras personas llega a ser tan relevante e influye tanto que —en algunos casos— define la vida.

Para Nicolás, influyó mucho.

Cuando cumplió cuatro años, su madre Cecilia fue notificada de que su hijo había nacido con un síndrome, el de deleción del cromosoma 22q11.2. “Le falta un alelo, un pedacito de cromosoma, entonces le falta información genética. Eso a él se le ha traducido en que tiene problemas de motricidad, trastornos de lenguaje y al nacer tuvo problemas cardiacos y síndrome bronquial recurrente. Producto de esto requirió hospitalizaciones dentro de los dos primeros años de vida. Posterior a ello no requirió medicación alguna, hasta que lo notamos algo ansioso, y su psiquiatra debió comenzar a medicarlo”, explica Cecilia.

Esta condición genética influyó no solo por lo que se podría llegar a notar a simple vista, sino porque su capacidad de lenguaje, formas de relacionarse y vincularse con los demás fueron, en parte, afectadas por este síndrome. Esto ha generado que, por ejemplo, Nicolás sea un niño “sin pelos en la lengua, que no se guarda lo que piensa. Hay palabras que le cuesta más pronunciar, es evidente que le cuesta comunicarse, y además tiene poco filtro social, y eso le ha generado un par de conflictos”, explica su madre.

Sin embargo, en ciertas situaciones este rasgo ayudó a que Nicolás pudiera expresar hechos que, para la gran mayoría, son muy difíciles de verbalizar.

Cuando Nicolás tenía doce años, fue víctima de abuso por parte de su tío en su casa. Un año después, tres días antes de su cumpleaños número trece, lo develó. Ese fue el momento, además, en que notaron que estaba más ansioso, y tuvo que empezar a tomar medicamentos.

“Fue terrible, obviamente, pero me tranquiliza saber que Nicolás pudo hablar tan rápido, menos de un año después. Fue un poco confuso su testimonio, pero habló, y sí, yo creo absolutamente que él develó por eso, por el poco filtro que tiene, ese aspecto le jugó a favor”.

Si bien su sinceridad fue beneficiosa en un principio, luego comenzaría a traer problemas.

Cecilia no esperó, y denunció. Aunque en un comienzo la investigación avanzó de forma normal, luego se estancó. Hubo un cambio de fiscal, y —para Cecilia— ese fue el comienzo de más de un año de espera, de insistir en tribunales, de no sentirse escuchada, de sentir que el caso no avanzaba, y de encontrarse muy sola y poco apoyada.

“Ya había pasado un año desde que puse la denuncia, y sinceramente no había avances. Para mí era muy importante continuar, no dejarlo estar, porque yo constantemente sentía una sensación de impunidad, y no podía quedarme no más con esa sensación, entonces permanentemente buscaba las formas de que continuara el proceso legal, pero nada funcionaba”.

“Sentía y además sabía que, por la condición de discapacidad de Nicolás, se intentaba constantemente desacreditar su testimonio, siendo que, a pesar de todo, era bastante claro. Un poco confuso con fechas pero, dentro de todo exponía con mucha claridad lo que le pasó”.

Y la espera fue lo que, en definitiva, hizo que la desmotivación y el sentimiento de impunidad crecieran aún más.

Ya había pasado más de un año, y mientras este sentimiento crecía en Cecilia, recordó a la Fundación.

Cecilia es orientadora familiar y se ha dedicado a trabajar en temas de regeneración urbana, con familias de sectores vulnerables de Santiago. Una de las labores de su trabajo es evaluar, constantemente, si las personas pueden o no ser beneficiarias por programas, o si son o no aptas para ciertos beneficios.

La primera vez que le contaron de la Fundación, fue justo cuando comenzó a llevar el caso en la justicia y, lamentablemente, pensó como lo haría en su trabajo. “Tenía dudas, no sabía si me podía atender, si uno es el foco de atención, porque —mira que tonta— yo pensaba que como yo y mi marido teníamos un trabajo estable, no íbamos a ser el público objetivo porque uno ya tiene ciertas redes. Por mucho tiempo no me atreví a ir, por miedo a que no me ayudaran, hasta que un día decidí hacerlo porque sentía que necesitaba apoyo. Ya había ido muchas veces a la fiscalía, tuve muy malas experiencias, y estaba muy desmotivada, porque no veía avance, y fui a la Fundación, incluso pensando en que me iban a decir que no, pero fui”.

Apenas llegó se dio cuenta de que se había equivocado. “Fue increíble desde el principio. Yo, desde el momento en que entré a la oficina me sentí súper acogida. Pasaron cosas que no me esperaba, y terminó esa visita con el abogado de la Fundación proponiéndome tomar el caso de Nicolás. Por primera vez sentí que se ponían en mi lugar, y por eso salí muy esperanzada”.

Luego de esa primera experiencia entendió que estaba en un lugar distinto, y sobre todo, en un lugar correcto, el mejor espacio al que podría haber llegado. “Se notaba mucho que se interesaron de que esto no quedara impune, cosa que en la fiscalía había sido totalmente distinta. No lo sentí como un trámite, no lo sentí como un caso más, yo de verdad sentí una tranquilidad enorme, y decía pucha por qué no vine antes, por qué me demoré tanto en venir”, recuerda entre risa Cecilia.

“Lo que yo esperaba —y deseaba— era que este tipo se fuera preso. Bueno, después empecé a entender que no iba a ser posible. Pero quería que esto no quedara en el olvido”, reflexiona.

La fiscalía, hasta ese momento, le había ofrecido hacer un juicio abreviado y a Cecilia nunca le gustó esa idea. En la Fundación, le explicaron que en realidad era la mejor opción, porque así Nicolás no iba a tener que declarar, “y eso como que lo usé para resignarme, y para entender que se puede seguir avanzando, pero lo principal era no exponer a mi hijo”.

“Yo creo que gracias a la Fundación esto avanzó, y avanzó rápido. Me contacté con la Fundación, y ya al tiempo después logramos tener hora para la audiencia de formalización. Ahí también me sentí súper segura y acogida por el abogado. Estuvo siempre muy pendiente, y sí, absolutamente fue darle celeridad a este tema, y creo que finalmente se logró lo que se logró gracias al trabajo de la Fundación, porque probablemente si yo hubiese seguido solo con la fiscal, no hubiera avanzado mucho”.

Al momento de dar este testimonio, había pasado una semana de la audiencia de juicio abreviado, donde se condenó a la persona que abusó de Nicolás. Y la emoción de Cecilia, no era necesaria que la explicara, su sonrisa y tono al hablar hacían que se notara incluso a través de la pantalla.

“Lo que pasó finalmente fue que se dieron cinco años de libertad vigilada intensiva, una orden de alejamiento y comunicación hacia nosotros. Va a quedar con una anotación en sus antecedentes, lo que involucra una prohibición de trabajar con niños de por vida y, por último, nunca más va a poder ejercer su derecho a sufragio, lo que para mí fue una de las resoluciones más impresionantes, y me alivió mucho el sentimiento de justicia que necesitaba”, recuerda Cecilia.

“Igual pienso a veces y digo: ‘pucha por qué no se fue preso”, pero a la vez estoy conforme porque todas estas medidas le dan piso y sustento a la acusación de Nicolás, porque se reconoce que pasó, y todos los argumentos que intentaron desacreditar a mi hijo por su condición de discapacidad, terminaron no siendo suficientes para invalidar su testimonio”.

Finalmente, a pesar de que para la justicia (no para nosotros) el síndrome de Nicolás se tomó como una dificultad, a él le ayudó a iniciar procesos. Creer y confiar en las personas, independiente de su condición, será siempre el mejor apoyo para las víctimas, y una arma potente contra el abuso.

“Le creyeron, lo validaron, y eso me dejó muy tranquila, orgullosa, y feliz”.

Orientaciones psicológicas

El abuso sexual es complejo. Desde las dinámicas abusivas que llevan al abuso, hasta las consecuencias de este, son aspectos tan diversos como determinantes en el proceso de cada persona que es víctima. Develar, además, es un proceso que a muchos lleva años, entre algunas razones por el estigma social y por la soledad y poca comprensión que —en la sociedad— se tiene respecto del abuso. Por eso Fundación para la Confianza dispone de un equipo de profesionales que acompaña a víctimas en este proceso de develación, y de inicio de procesos de reparación, para así —junto a ellos— diseñar la forma más adecuada de proceder hacia la sanación de la persona que fue víctima. Y ningún caso es igual a otro.

Wilson

El día en que Wilson Vial iba a dar su testimonio para este libro, tuvo que cancelar.

“Perdón por no avisar antes, tuve un procedimiento policial”, avisó. Después de la preocupación inicial, explicó que se trataba de una situación en su trabajo, “una circular número cinco”, como la describe.

¿Qué es eso? Básicamente, una atención más directa, pues Wilson es trabajador social y presta sus servicios en una Oficina de Protección de Derechos de Infancia (OPD) en el norte de Chile, y un caso que había llegado requería que, de forma presencial, él junto a su equipo pudieran hacer una denuncia y constatar lesiones de una víctima de maltrato físico grave.

“Sí, es duro y fuerte. Lamentablemente sí es muy común, pero bueno, alguien tiene que hacerlo y estar ahí para ellos o ellas cuando lo necesiten”, explica Wilson al contar sobre su trabajo, y de los niños y niñas con los que trabaja.

Su acercamiento a la carrera empezó muchos años antes, cuando estudió en Arica, motivado, como dice: “por las ganas de ser un agente de cambio en la sociedad. Ya, quizás suene como arrogante o algo así, pero de verdad que lo pensaba, porque necesitaba ayudar a hacer visibles situaciones que, cuando yo lo necesité, no eran visualizadas”.

Situaciones que, además de las que hoy puede atestiguar a diario en su trabajo, él vivió en su historia personal.

2018 fue un año particular para Wilson. Además de marcar la fecha de su titulación profesional, fue el año en que hizo la primera acción por trabajar en lo que le había pasado y decidirse a pedir ayuda para poder sobrellevar una situación de abuso sexual que vivió durante su infancia. Tenía 26 años, y fue la primera vez que sintió el valor de hacer algo al respecto.

Así fue como, buscando en Google, llegó a dar con la Fundación para la Confianza. Le llamó la atención y escribió un mail. Lo envió, le respondieron, y sintió miedo: “había un estigma social tan grande con las víctimas, que realmente no pude seguir, no respondí más, no me dio. Yo sentía pura culpa, culpa de hablar y de hacer algo, así que preferí no hacer nada”, recuerda.

Un año más tarde, el movimiento social de octubre de 2019 provocó una reacción interna en él, una tan grande que le dio el valor de volver a escribir, pero esta vez concretar e iniciar un proceso.

“Ese año, y a raíz del estallido social donde se empezaron a abrir muchos relatos de abusos, empezó también a darse un cambio en las formas de poder expresar las cosas que uno ha vivido, a que uno como víctima pueda entender que no fue culpa de uno lo que pasó, sino que de la persona que lo realizó. El escuchar que no es culpa de uno haber sido víctima, sino que es culpa de la mente del victimario, fue algo que, si bien sabía, el escucharlo me dio una seguridad y empoderamiento que hasta ese tiempo no tenía”, recuerda emocionado Wilson.

“Entonces, yo valoro bastante el movimiento feminista que dio paso a poder incorporar en uno este valor y este escudo para poder afrontar esta situación”, explica. Agrega que el sentir esa seguridad, le hizo volver a comunicarse con la Fundación.

“Uno muchas veces intenta o puede contar con una red de apoyo familiar, pero lamentablemente esa red de apoyo familiar se basa —muchas veces— en las emociones y los sentimientos, y si bien es capaz de contener y acoger, se queda en eso, y no se va más allá en iniciar un proceso reparatorio, o no se entrega una orientación para poder ir cerrando ciertos ciclos. Por eso quise tener un acercamiento con la Fundación. Quería ayuda, y tomé el valor, y les escribí”, recuerda.

De este contacto “esperaba poder, bueno, poder ser un poquito más consecuente. Yo trabajo en el área de las ciencias sociales, entonces estoy en constantes sugerencias, o en constante intervención con familias que tienen una problemática y necesitan de alguna intervención, y siempre por ese ámbito tengo que hacerles sugerencias, entonces estaba este doble discurso mío, en el que, si bien recomiendo siempre buscar orientación a mis usuarios, yo mismo no lo estaba poniendo en práctica. Creo que ese fue el factor fundamental para poder concretarlo, ser consecuente con lo que uno predica, y ponerlo en práctica”.

Algo que desde un comienzo tenía muy claro, es que esto no era en esencia una terapia, pues corresponde a una orientación puntual que, en la mayoría de los casos terminaba en una derivación. Si bien saber esto le ayudó a hacerse una idea de lo que iba a pasar, nunca pensó que iba a ser todo tan rápido (en menos de dos semanas ya tuvo la primera sesión) y que —realmente— una sesión iba a significar un cambio importante en él y la relación que comenzó a tener con su experiencia de abuso.

“Desde un inicio, y a pesar de ser una temática bien traumática la que uno tiene que presentar al llegar a la Fundación, encuentro que tuvieron una acogida que permitió que yo no me retrajera en mi relato, y eso nunca me había pasado en ningún lugar. Desde un comienzo siento que me ayudó a que yo pudiera ir cerrando ciertas cosas que pensaba que estaban resueltas, pero no. Necesitaba poder exteriorizar estas cosas de alguna forma, entonces esa acogida fue muy buena”, recuerda Wilson de la primera conversación que tuvo con la psicóloga de la Fundación.

Ese día, además, le agendaron una conversación con el abogado de la Fundación, porque si bien su motivación inicial no fue comenzar un proceso legal, aún tenía dudas y no estaba seguro de su decisión.

“Conversé con un abogado que está especializado en la temática, que maneja las figuras legales que corresponden a los procesos jurídicos de ese tipo de delitos, y que superó todas mis expectativas”, recuerda Wilson. Cuenta que, a pesar de tener ciertas nociones, las cosas se le fueron esclareciendo durante la conversación. Y así tomó una decisión desde su propia convicción: no haría ninguna denuncia.

“Todas las personas que fuimos víctimas de un abuso sexual somos distintas, y cada uno tiene que llevar sus procesos de la forma en que le hagan más sentido, y de la forma más sana posible. La psicóloga me hizo darme cuenta de que este proceso realmente implicaba exponerme bastante, y eso cambió mucho mi forma de pensar en lo que me había pasado y en mi acercamiento a ese episodio”, recuerda.

“Mis papás querían denunciar e iniciar procesos legales, porque obvio, los entiendo, tenían un sentimiento de venganza muy grande, y que yo obviamente igual lo tuve en algún momento, pero me di cuenta de que la realidad era que iba a tener que pasar por un proceso incómodo y desagradable, y yo prefería estar bien”, explica Wilson.

Además, debido al tiempo que tuvo su caso, desde que ocurrió hasta que comenzó a iniciar procesos, terminó estando prescrito para la justicia chilena. “Por eso igual no había una forma muy gráfica de cómo probarlo, los tribunales igual son súper sesgados, y prácticamente quieren un video de uno siendo violado para creerte, y yo no quería exponerme a que no me creyeran, a ser revictimizado”.

“Quizás si yo no hubiera tenido este acercamiento a la Fundación, hubiese denunciado, y en este momento me hubiese visto sobreexpuesto a situaciones que hubiese podido evitar, y por eso agradezco harto haberlo hecho”.

Posteriormente, Wilson fue derivado a un centro en Iquique, y a pesar de que el contacto de Wilson con un psicólogo del centro se concretó, el proceso terapéutico aún no ha podido iniciar, “por problemas económicos ajenos a mi”, como lo explica Wilson.

Mirando hacia atrás, reflexiona sobre la importancia del proceso que vivió en la Fundación, que, si bien fue acotado, “me permitió una apertura a lo que me había pasado, y me hizo aún darme cuenta de lo necesario de empezar un proceso reparatorio”.

“Ahora, de verdad, me siento súper liviano en relación a la carga de lo que significaba la situación, súper liviano, de verdad que sí. A pesar de que no he empezado el proceso reparatorio, para mí la instancia con la Fundación ha sido súper clave para incluso —me atrevería a decir— ya ir superando la situación. Se me ha ido sacando esta carga y me han ido pasando menos estos episodios de flashbacks o cosas así. Ya no me quiebro de la manera en que me quebraba antes cuando tocaba el tema, y eso, me ha podido entregar las herramientas de generar esta autoestima que estaba disminuida, y que necesitaba este impulso para empezar a trabajarla de manera adecuada”, recuerda con un poco de emoción.

Todo este camino, sin duda, también lo ha ayudado para que, en su trabajo, “me motive más aún el poder prevenir situaciones que son bastante prevenibles, y siento que ahora puedo poner en práctica lo que quizás en algún momento yo quería que pasara conmigo y nunca pasó”.

“Yo —hoy— trato de ser el profesional que en algún momento necesité cuando era chico. Trato de ser el trabajador social que yo cuando chico pedía a gritos y nunca apareció, y con orgullo siento que estoy logrando cumplir ese rol”.

Línea Libre

La salud mental en 2021 sigue siendo un tabú en nuestro país. Mucho se ha avanzado, y cada vez se habla más al respecto, pero aún sigue existiendo un prejuicio hacia las personas que toman terapia, y con los problemas que a diario sufren quienes están pasando por un mal momento, o tienen ansiedad, angustia, depresión, u otras enfermedades de salud mental. Por eso, Línea Libre, un canal de atención psicológica gratuito, confidencial y remoto para niños, niñas y adolescentes, ha sido una alternativa que Fundación para la Confianza ha diseñado para llegar a personas que, hasta hoy, no tienen la oportunidad de conseguir una atención apropiada para su salud mental, facilitando el acceso a las consultas y orientaciones psicológicas.

Una mano sostiene un teléfono celular con la aplicación Línea Libre abierta en la pantalla.
Línea Libre atiende por teléfono, por la aplicación y por el sitio web.

Diego

El lanzamiento de Línea Libre fue un período complejo. Diego Riveros, psicólogo y coordinador de este canal, lo recuerda muy bien, pues fue algo muy diferente a lo que esperaba. Estaba nervioso, cuenta, pues nunca había trabajado en algo similar, y por eso no tenía la certeza de cómo iba a funcionar, o si es que alguien se iba a atrever a contactarse, y esa fue una de sus primeras sorpresas.

En las primeras reuniones de activación de la línea, era un grupo pequeño de profesionales, y el chat que iban a empezar a utilizar para contactarse con las personas, todavía no estaba activo. Pero, como eventualmente iban a empezar a utilizar el correo electrónico, lo habilitaron para hacer los primeros trámites de activación. Recuerda perfectamente que era un viernes de mediados de 2019, y mientras estaban en una capacitación, tuvieron que entrar al mail a buscar un documento.

“Cuando entramos al correo nos dimos cuenta que —en esa semana— nos habían llegado 20 correos en tres días, y todos de personas en crisis, de ideación suicida, de personas que nos decían: ‘me voy a matar’. Eran todos con temáticas muy similares. Me acuerdo que estábamos en reunión con quien iba a construir una plataforma para el 1515 (número telefónico gratuito y de alcance nacional), y tuvimos que suspender la reunión. Nos pusimos a responder esos correos, un viernes, era un fin de semana largo, entonces nos tuvimos que organizar para hacer turno el fin de semana, para que siempre hubiera alguien atento. No llevábamos ni un mes en la Fundación y todavía no habíamos siquiera publicado que estábamos atendiendo, así que para mí era una muestra de lo que iba a pasar, una evidencia de la necesidad de que existieran estos espacios, y de que las personas necesitaban pedir ayuda”, recuerda Diego.

Luego de esos días iniciales, Línea Libre ha sido como una bola de nieve.

La necesidad era tanta, que hasta hoy los números de atenciones solo han aumentado. Pasaron unas semanas del episodio del correo, y los canales de comunicación ya estaban operativos, aún no con el número 1515, pero si con la aplicación Línea Libre y el correo electrónico. De todas formas, comenzar una labor como esta fue todo un desafío.

“Me acuerdo de las primeras conversaciones, y del temor que tenía. Pero ahí es importante conocer el modelo de intervención, saberlo bien, el encuadre que tenemos, porque hay errores y errores. Por ejemplo, me refiero a los errores de cuando hice una pregunta que no servía, o guiaba la conversación, o hablaba mucho, y uno tiene que lanzarse a escribir no más, a que la conversación fluya”.

“Con el 1515 nos tocó la primera llamada durante el estallido social, porque en octubre se habilitó el número corto, y nuestra primera conversación fue cuando estábamos en el peak de la crisis, la semana después del 18. Ese lanzamiento también tuvimos que apurarlo un poco, porque sentíamos que teníamos que dar un apoyo en ese momento”. Solo esa mañana, la primera con el número activo, recibieron más de 20 llamados.

  • 20correos en tres días, todos de personas en crisis, antes de anunciar que la línea atendía
  • Octubre de 2019se habilita el número corto 1515; la primera llamada llega la semana después del 18
  • + 20llamados la primera mañana con el 1515 activo
  • Cientosde personas encuentran a diario en Línea Libre un espacio seguro, a más de un año de su creación
Los primeros meses de Línea Libre, según Diego Riveros, su coordinador.

A más de un año de su creación, el ritmo no se ha detenido, y desde que se contestaron esos primeros correos, Diego y el equipo de psicólogos y psicólogas responden, escuchan y escriben a cientos de personas que, a diario, encuentran en Línea Libre un espacio seguro.

Y de lo mucho que han aprendido, acompañado y trabajado por la línea, hay una cosa que paga el esfuerzo, y es una frase que a menudo se escucha al término de las conversaciones: ‘Gracias por escucharme’, es muchas veces con lo que terminan nuestras atenciones, y para nosotros y nosotras significa mucho porque son los efectos de una atención psicológica de calidad, y la representación de una enorme necesidad por tener apoyo, en situaciones en las que no han encontrado la posibilidad de ser escuchados o escuchadas, y en que aparecen situaciones vulneradoras o conflictos las que no han encontrado otra manera de descarga”.

Los relatos son variados, pero muchos nos hablan de sufrimiento, sensación de soledad y desesperanza. Pero en otros casos, como explica Diego, “el contacto es directo y abrupto, como si dejaran salir un mensaje que tenían guardado hace mucho tiempo y no habían encontrado el espacio para decirlo. Y en ciertas llamadas es el silencio el que ocupa un lugar preponderante, convirtiéndose en un telón de fondo para lo que estamos a punto de escuchar: No aguanto más”.

“Las palabras parecen convertirse en alarmas, señales de alerta que activan un ruido fuerte que nos puede impedir escuchar lo verdaderamente importante. Nos vemos tentados a actuar de la manera más rápida posible e ir en auxilio de quien nos está llamando, pues debemos intervenir para resguardar y proteger ante situaciones de riesgo”.

Por eso, una de las dificultades del trabajo en una primera línea de ayuda psicológica, es mantener la calma e intentar generar las condiciones necesarias para que la conversación se transforme en un espacio de intimidad. Por este motivo, Diego está seguro de que “la certeza de nuestro trabajo descansa en la búsqueda de intervenciones respetuosas, que consideran la opinión de quienes consultan, y en las que la mayoría de las veces actuar con prudencia, respetando los ritmos de la otra persona, provoca un ambiente protector”.

Con esta experiencia, es que se ha dado cuenta de que generar espacios en el que niños, niñas y jóvenes se sientan cómodos, hablando con tranquilidad de lo que siente, es posible, y muy efectivo. ¿Y qué es lo que se necesita para producir este encuentro? Tiempo. “Para escuchar a otras personas necesitamos tiempo. Para pensar en conjunto y otorgar importancia a lo que nos está diciendo es fundamental percibir al otro en su especificidad, en sus maneras singulares de manifestar y desarrollar producciones discursivas que nos hablan de su recorrido histórico”.

Para escuchar a otras personas necesitamos tiempo.

“Al comienzo de mi trabajo en Línea Libre y en una de mis primeras capacitaciones, comentamos que uno de los desafíos de la atención no presencial se refiere a la premisa que cada contacto es único, puesto que nunca sabremos si tendremos la oportunidad de una nueva conversación. Sin embargo, en la medida que somos capaces de mantener una disposición de trabajo con las características descritas hasta acá, logramos disminuir esta premisa y obtener la posibilidad de un nuevo encuentro para generar la activación de protocolos y/o derivaciones pertinentes”.

“Gracias por escucharme”, por lo tanto, representa todo eso, porque es en este decir que los contactos de la línea pueden apropiarse de un relato que les pertenece. “Su historia y memoria forman parte ineludible de este discurso, en donde se cruza el encuentro con alguien que está del otro lado dispuesto a escuchar”.

Y finalmente, eso es lo que le da sentido, cuerpo y consistencia al trabajo que a diario se realiza en Línea Libre.

“Para escuchar y pensar el sufrimiento humano, es necesario elaborar un trabajo caracterizado por la convicción de buscar nuevas posibilidades para cada persona que llama, y encontrar diferentes sentidos a sus palabras. A partir de este momento es cuando podremos lograr el impacto subjetivo de nuestro encuentro, en el que “Gracias por escucharnos” adquiere la fuerza de su significación”.

Sobre esta edición. Versión web del libro 10 años por un mundo sin abuso, publicado en PDF por la Fundación para la Confianza en 2021 (primera edición impresa de 500 ejemplares, Ograma Impresores; ISBN 978-956-402-822-4). Director: José Andrés Murillo. Coordinación general: Nicole Del Río. Investigación y redacción: Benjamín Gálvez. Dirección de arte y diseño: Cristhian Sotomayor. Ilustraciones: Jesu Villa y Cristhian Sotomayor. Edición: Natalie Sève. En esta versión se corrigieron erratas y se agregaron gráficos que resumen el contenido; las ilustraciones de las personas que dan testimonio no se reproducen. Las cifras, cargos y referencias legales corresponden a la fecha del libro. Descargar el PDF original